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La devoción al Corazón de Jesús, ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, desde que se meditaba del costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón, se abrieron las puertas del Cielo.

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Juan, se sitúa en el desierto…

 …que es el lugar simbólico, del enamoramiento de Yahvé.

Jesús mismo, encontró allí una inspiración, para iniciar su proyecto, dejándose bautizar por Juan Bautista; así compartió con el pueblo, como uno más en la fila de los que quieren cambiar este mundo, según el proyecto de Dios.

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La fiesta litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús, se inspira en uno de los símbolos más ricos de la Biblia: el corazón, que en la mentalidad bíblica, es la parte más interior de la persona, la sede de las decisiones, sentimientos y proyectos. El corazón indica lo inexplorable y lo profundamente oculto de alguien, lo más íntimo y personal.

En la narración de la unción de David (1 Samuel 16, 7) se dice, por ejemplo, que Yahvé advierte a Samuel, cuando vio al primero de los hijos de Jesé: No te fijes en su aspecto, ni en su estatura elevada. El ser humano mira lo que está a los ojos, la apariencia, mientras que Yahvé mira el corazón.

Por eso, cuando hablamos del corazón de Jesús, estamos hablando de aquello que representa, lo más íntimo y personal de Jesús, el centro interior desde el cual brotan su palabra y sus acciones. En este sentido, el corazón de Jesús es una expresión, que indica la misericordia y el amor infinito de Dios, tal como se ha manifestado en la persona de Jesús.

La Biblia habla también, siempre en sentido metafórico, del corazón de Dios. Oseas, por ejemplo, habla del corazón de Dios como el lugar de las decisiones últimas y decisivas de Dios. Cuando ni las pruebas de amor, ni los castigos de Yahvé, han conseguido mover a su pueblo a una conversión duradera (Oseas 11, 1-7), parece insoslayable el juicio definitivo de Dios. Precisamente, en esa situación, el profeta pone en boca de Dios, una de las más formidables palabras del Antiguo Testamento: “¿Cómo te trataré, Efraín? ¿Acaso puedo abandonarte Israel?… El corazón se ha volcado en mí, todas mis entrañas se estremecen. No me dejaré llevar por mi gran ira, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, no un ser humano” (Oseas 11, 8-9).

En el texto anterior, asistimos a una especie de lucha interior en Dios mismo. Dios dice: ¿Cómo te trataré…? ¿Acaso puedo abandonarte…? La ley de Moisés mandaba entregar a un hijo, que era rebelde a los ancianos de la ciudad, para que fuera apedreado (Deuteronomio 21, 18-21). Efraín-Israel es hijo primogénito de Yahvé (Oseas 11, 1). ¿Deberá Dios, tratar a su hijo rebelde según la ley? ¿Deberá destruirlo? La lucha interior en Dios, se expresa con la bella expresión: El corazón se ha volcado en mí, todas mis entrañas se estremecen. El verbo volcarse, en hebreo hapak, indica la acción de algo, que se revuelve y se da vuelta en forma inquieta. Es el corazón de Dios, que se resiste a actuar con dureza frente al pueblo.

La lucha interior en Dios, acaba con una decisión en la cual prevalece el perdón y la misericordia. El corazón de Dios, renuncia al castigo. En lugar de la destrucción merecida por el pueblo, ocurre un vuelco en el corazón de Dios. La incondicional misericordia de Dios, se vuelve contra la resolución judicial, que establecía el castigo y la muerte. El corazón de Dios, o sea, su libre decisión por el amor, se vuelve contra su resolución encolerizada. Aquella determinación divina en favor de Israel, se expresa con esta frase: “No me dejaré llevar por mi gran ira, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, no un ser humano” (Oseas 11, 9). El corazón de Dios es, por tanto, misericordia y vida en favor de su pueblo. Y así se ha manifestado plenamente en su Hijo Jesucristo, que “ha venido, para que tengamos vida y vida en abundancia” (Juan 10, 10).

El Evangelio nos coloca, delante del misterio insondable de la misericordia de Dios, a través de dos parábolas contadas por Jesús. En ellas se narra la experiencia, de la reconciliación del ser humano con un Dios, que “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ezequiel 18, 23). Jesús ha contado estas parábolas, para explicar su propio comportamiento, en relación con los pecadores y perdidos. En estas parábolas, se expresa lo más íntimo y decisivo del corazón de Jesús: la misericordia y la gratuidad en favor del ser humano pecador.

Mientras los fariseos y maestros de la ley, se mantienen a distancia de los pecadores, por fidelidad a la Ley (véase, por ejemplo, lo que dice Exodo 23, 1; Salmo 1, 1; 26,5). Jesús anda con ellos, come y bebe y hace fiesta con ellos (Lucas 15, 1-3). Lo que choca a los maestros de la ley, no es que Jesús hable del perdón, que se ofrece al pecador arrepentido. Muchos textos del Antiguo Testamento, hablaban del perdón divino. Lo que sorprende radicalmente, es la forma en que Jesús actúa, el cual, en lugar de condenar como Jonás o Juan Bautista, o exigir sacrificios rituales para la purificación como los sacerdotes, come y bebe con los pecadores, los acoge y les abre gratuitamente un horizonte nuevo de vida y de esperanza.

Esto es, lo que las parábolas quieren ilustrar; su objetivo primario es mostrar, hasta dónde llega la misericordia de ese Dios, que Jesús llama Padre, una misericordia que se refleja y se hace concreta en el corazón de Jesús; o sea, en el principio que orienta y determina la conducta de Jesús frente a los pecadores.

Con toda probabilidad, la parábola se inspira en la imagen del pastor, tan presente en muchos textos del Antiguo Testamento: Escuchen naciones, la palabra del Señor; anúncienla en las islas lejanas; digan: El que dispersó a Israel, lo reunirá y lo guardará como un pastor a su rebaño (Jeremías 31, 10). En la Biblia, la imagen del pastor es usada, para hablar del cuidado que tiene Dios por su pueblo, mientras las ovejas descarriadas representan, a todos aquellos que se han alejado de Dios: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a su redil, oráculo del Señor. Buscaré a la oveja perdida y traeré a la descarriada; vendaré a la herida, robusteceré a la débil…” (Ezequiel 34, 15-16).

En las dos parábolas, se desarrolla el tema de la conversión de los pecadores, que tiene lugar en el encuentro con el mensaje y la persona de Jesús, que busca a todos los que se han alejado de Dios. El pecador convertido del que se habla, representa a los publicanos y pecadores, que han venido a escuchar a Jesús, a diferencia de los fariseos y escribas, que murmuran de él y se quedan lejos (Lucas 15, 1-2).

Las dos parábolas insisten en la alegría, que Dios siente cuando un pecador se convierte. En la primera parábola, la oveja descarriada se pierde fuera de casa; en la segunda, la moneda se pierde dentro de casa. Los cercanos y los lejanos, tienen necesidad de ser buscados y encontrados por Dios. Todos hemos pecado (Romanos 3, 23), dirá San Pablo. Jesús proclama el gozo de un Dios, que busca al ser humano, para devolverle la vida. Aquella oveja y aquella moneda, tienen en común una sola cosa, por la cual son objeto del amor misericordioso de Dios: ¡oveja y moneda estaban perdidas!

 

Adaptación del texto de Servicio Bíblico Latinoamericano


MESC del Santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón
Molino de las Flores, Mixco, Guatemala
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