Estás en »Inicio» » Homilias»La Sagrada Eucaristía

Son varios los caminos, por los que podemos acercarnos al Señor Jesús y así vivir, una existencia realmente cristiana; es decir, según la medida de Cristo mismo, de tal manera que sea El mismo, quien viva en nosotros (Gálatas 2, 20). Una vez ascendido a los cielos, el Señor nos dejó su Espíritu. Por su promesa, es segura su presencia hasta el fin del mundo (Mateo 28, 20). Jesucristo, se hace realmente presente en su Iglesia, no sólo a través de la Sagrada Escritura, sino también y de manera más excelsa, en la Eucaristía.

——————————————

La Sagrada Eucaristía

En ella se cumple lo que Jesús nos dijo: “Yo estaré con vosotros, hasta el final de los tiempos”.

——————————————

Reciban hermanos, nuestra más cordial bienvenida, al inicio de esta Eucaristía tan importante.

Acudimos hoy al templo a festejar y adorar a Jesús Sacramentado. El Cuerpo y la Sangre del Señor son su herencia y su presencia indeleble.

Si la Misa, la Eucaristía es fundamentalmente la aparición de Jesús, por la fuerza del Espíritu, en el pan y el vino que ofrecemos en el altar, hoy es el día en que recordamos muy especialmente esa verdad, que es nuestro alimento corporal y espiritual.

Esta solemnidad se remonta a 1246, que comenzó a celebrarse en Lieja (Bélgica). Años después, en 1264, el Papa Urbano IV la extendió por toda la cristiandad.

En la solemnidad del Corpus Christi, damos públicamente gracias a Dios por el don de la Eucaristía. Damos gracias por el milagro de la Transustanciación: el pan deja de ser pan y el vino deja de ser vino para convertirse en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo.

Damos gracias porque la Eucaristía renueva incruentamente el mismo sacrificio del Calvario. Damos gracias porque comemos el cuerpo de Cristo y bebemos su sangre como alimento y bebida. Damos gracias porque Cristo permanece realmente presente en el Tabernáculo.

Las lecturas de la liturgia guardan relación con la festividad que hoy celebramos. El salmo responsorial alude al pasaje del libro del Génesis leído en la primera lectura y expresa la esperanza en la llegada de un rey mesías consagrado a Dios.

Pero son la segunda lectura y el pasaje evangélico los textos que más inciden en la fiesta de hoy: El Cuerpo y Sangre de Cristo. San Pablo recuerda una tradición fielmente guardada y enseñada, que debe mantener la comunidad cristiana de Corinto.

La primera lectura, que procede del Libro del Génesis, nos habla de la bendición por parte del Sacerdote Melquisedec a Abrahán. Melquisedec, sin origen, ni final, ya dispuso que el sacrificio fuese pan y vino: como hacemos nosotros hoy.

La lectura del libro del Génesis nos presenta a Melquisedec, quien siendo sacerdote y rey de Jerusalén, ofrece pan y vino y bendice a Abraham. Esta es una figura del sacerdocio de Cristo, que nos ofrece su cuerpo y su sangre en la solemnidad que hoy celebramos.

El salmo 109, recoge, sobre todo, la alusión a Melquisedec, que se ha convertido en figura de otro Sacerdote que también será «especial», Cristo Jesús. Nosotros aplicamos a Cristo esta antífona: «tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec».

En el salmo 109 aclamaremos a Melquisedec. Los judíos contemporáneos de Jesús utilizaban este salmo como esperanza en la llegada del Rey y Mesías que, como Melquisedec, no tenía principio ni fin, ni depende de ninguna investidura humana, como el Mesías esperado. También desde muy el principio la Iglesia relacionó a Melquisedec con el Mesías, con el Señor Jesús.

Y en la segunda lectura escuchamos el fragmento de la Primera Carta a los Corintios en la que San Pablo nos ofrece el documento más antiguo sobre la consagración en la Ultima Cena. Y, ayer y hoy, forma parte de la oración que proclama el sacerdote durante la Consagración.

San Pablo nos acerca más explícitamente al motivo de la fiesta de hoy: la Eucaristía. Él lo recibió de la tradición y nos lo deja plasmado en la lectura que hoy escuchamos, para que lo sigamos celebrando en memoria de Jesús.

El evangelio, de San Lucas, nos narra la multiplicación de los panes y de los peces, que es alimento milagroso que Jesús dio a quienes más lo necesitaban. Y es lo que nosotros recibimos en la Eucaristía el cuero y Sangre de Cristo, como alimento de vida eterna.

Como quiera que el relato de la institución de la Eucaristía, en la Última Cena, ya lo hemos escuchado de labios de San Pablo, en el evangelio de San Lucas se ha preferido recordar la escena de la multiplicación de los panes, que era como una promesa y figura de lo que iba a ser la Eucaristía para la comunidad cristiana.

La multiplicación de los panes es imagen del banquete eucarístico. Somos hambrientos y sedientos del camino y Cristo nos ofrece su cuerpo y su sangre como alimento y bebida. La Eucaristía sacia el hambre y la sed que tenemos de Cristo.  La Eucaristía es banquete abierto a todos los bautizados que han de presentarse debidamente ataviados, esto es, con el traje de la gracia santificante.

La Eucaristía es alimento sagrado porque nos ofrece al mismo Cristo y nos une en comunión: Él en nosotros y nosotros en Él. No puede haber mayor amistad e intimidad.

La Virgen María nos atrae hacia la Eucaristía. Celebramos el quinto misterio luminoso del Rosario. Damos gracias por el don que Cristo nos ha hecho: la renovación incruenta del sacrificio de la cruz, su cuerpo y su sangre como alimento y bebida y la prolongación de su presencia en el tabernáculo. Hoy salimos a nuestras calles con el Santísimo, profesando públicamente nuestra fe en la Eucaristía.

Salgamos especialmente alegres del templo con ganas de proclamar a todo el mundo que Jesús está con nosotros hasta el final de los tiempos, fiel y realmente presente en la Eucaristía.

La Eucaristía nos ha unido, nos ha fortalecido, pero además nos debe comprometer a ser fieles testigos de su amor y su presencia entre nosotros.

Hagamos de nuestra vida una continua acción de gracias, por los muchos beneficios que hemos recibido de parte del Señor

Hemos celebrado ese gran misterio de nuestra fe por el que se cumple lo que Jesús nos dijo: “Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”. Lo está en la Sagrada Eucaristía, con su Cuerpo y Sangre, que muy especialmente conmemoramos hoy.

Que Nuestro Señor les bendiga.

 

Back to Top